En el mundo del rock hay tres listas que siguen creciendo. Vinculan la muerte con la fama, las drogas y el éxito; con la juventud; y definitivamente con la tragedia. Amy Winehouse ya forma parte de las tres.

Una lista ordena cronológicamente a quienes se despidieron demasiado pronto de la vida; otra a quienes lo hicieron a los 27 años; y la más rebuscada se forma con aquellos que tuvieron nombres o apellidos empezados con "J". Son nóminas que se cruzan, comparten nombres y crean fantasías a su alrededor.

Amy vivió demasiado rápido, sin tiempo para disfrutar. Mucho menos para explotar su gran voz y su manera de interpretar el soul, el jazz o el R&B. La fama, la rebeldía y el vértigo de su ascenso llevaron a Amy Jade Winehouse a desarrollar una carrera de sólo ocho años, en la que no faltaron los premios Grammy, los discos (¡sólo dos!), las giras y el reconocimiento mundial. Pero también el descontrol, los abusos y las frecuentes internaciones en instituciones psiquiátricas.

Amy tenía como segundo nombre Jade y hubiera cumplido 28 años en septiembre. Al contrario de tantas otras cantantes que disputaron el cetro de la reina blanca del soul, ella se ubicó siempre en el costado marginal de la historia, aunque sin desprenderse de su pertenencia al mainstream.

La comparación con Janis Joplin, a pesar de la enorme distancia entre ellas, se acentúa con este dato estadístico de estrellas que se fueron de este mundo cumpliendo la profecía autocumplida de James Dean, que no fue músico pero está en las tres listas, como Janis: "vive rápido, muere joven y tendrás un cadáver bonito".